Sábado, 18 de Agosto de 2018

Formulario de búsqueda

    El contrabando como sostén de la economía gibraltareña

  • Sargento de infantería y guardia civil de caballería en uniforme de gala. Grabado de la época fundacional. Archivo Histórico Militar
    Antonio Pérez Girón

    Después del mercado nacido con los suministros logísticos para mantener la guerra contra Napoleón, el contrabando se convirtió en la fuente principal de recursos para sostener una economía satisfactoria para los nuevos habitantes del Peñón. En 1830 las mercancías que entraban en España, eludiendo los impuestos, eran, fundamentalmente, los productos textiles y artículos manufacturados en Gran Bretaña, y también tabaco de Virginia y Jamaica, que competían con el de Cuba que se distribuía desde Sevilla. Los mercantes británicos comerciaban con los artículos manufacturados y los genoveses, en su mayor parte, con el tabaco.

    Desde Gibraltar, el contrabando iba por tierra y en pequeñas embarcaciones a través de la bahía y siguiendo la costa del Mediterráneo. Las embarcaciones eran manejadas por españoles, portugueses y genoveses; los transportes por tierra eran realizados por españoles, que se hacían cargo de la mercancía al otro lado del istmo o en los puntos de desembarco. Uno de los lugares fijos más importantes de vigilancia en  la costa era Cala Sardina, en Torreguadiaro. Como sede tenía el cuartel de Casa Fuerte de la que persiste hoy la estructura ruinosa. Su importancia se prolongó hasta el mismo siglo XX con el establecimiento de carabineros. En septiembre de 1796 contaba con una pequeña guarnición de un cabo y tres soldados del resguardo.

    El descaro y los medios de los contrabandistas era tal, que se permitieron hasta el apresamiento de uno de los barcos de vigilancia de la costa. Como recogía el historiador gibraltareño Tito Benady, a la finalización de la Guerra de la Independencia, había más de 200 barcos registrados en Gibraltar. La mayoría estaba sin empleo y se dedicaban al contrabando a gran escala. Algunos eran antiguos corsarios, que no perdieron sus «malas costumbres» y en 1816 el mítico El Feroz, de la aduana española, fue apresado en la costa malagueña para que «no estorbara la faena» y remolcado a Gibraltar antes de ser liberado.

    Los que sacaban las mercancías de Gibraltar y la transportaban hasta la costa, u otros lugares concertados previamente, eran los «corredores», quienes además eran los encargados de «allanar dificultades», entendiéndose como tal el soborno a los agentes del cuerpo de Resguardo (el precio solía ser una onza por fardo) e incluso el pagar también, anticipadamente, el correspondiente «peaje» a las partidas de bandoleros que controlaban los caminos por la sierra. Entraba dentro de esta función de «relaciones públicas» el regalo del puro a quien oliese a mando, o del pañuelo a la mujer del alcalde.

    Cuando se programaba una operación siempre se contaba con un agente de resguardo, que había sido avisado previamente del lugar y la hora en que iba a realizarse, al objeto de supervisar el cumplimiento de lo pactado. Los eslabones del «negocio» funcionaban perfectamente.

    El viajero romántico Richard Ford conoció un Gibraltar que era «puerto libre en el sentido más amplio de este término». Añadiendo: «no hay aduanas ni antipáticos registros de equipajes; todo se puede exportar e importar igual de libremente. Por lo tanto esta árida Roca que por sí misma no produce nada y consume de todo está admirablemente abastecida (...) Gibraltar es el gran almacén de mercancías británicas, sobre todo algodones, que pasan de contrabando a España a lo largo de la costa desde Cádiz a Benidorm, con gran beneficio de las autoridades españolas, situadas en estos puertos en teoría para impedir lo que realmente estimulan». 

    En los libros de registros de exportaciones británicas, figuraban más de doscientas partidas diferentes, pero, según el escritor Sánchez Mantero en Estudios sobre Gibraltar, «las cantidades que componían la mayoría de estas partidas eran mínimas, pues en la relación se especifican cada año desde los instrumentos musicales hasta las barajas de cartas, pasando por los espejos, los grabados, los paraguas, las flores artificiales y otros muchos productos de las más variadas especies». Sin embargo estos productos variados quedaban para consumo de la propia plaza.

    En 1829, y ante las muestras de corrupción detentada entre los miembros del Resguardo, se creaba el Cuerpo de Carabineros de Costas y Fronteras, que tampoco dio el resultado que se pretendía, posiblemente porque sus miembros no estaban lo suficientemente pagados como para resistirse a las tentadoras ofertas de los organizados contrabandistas. 

    En el reinado de Isabel II, con la creación de la Guardia Civil, se encomendó a este cuerpo la persecución del contrabando. La actividad ilícita disminuyó sensiblemente, pero no desapareció.