Viernes, 25 de Mayo de 2018

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    Los conversos andaluces se hacen con Gibraltar

  • El Peñón, desde el lado linense de Sierra Carbonera
    Antonio Pérez Girón

    Desde el verano de 1474 al de 1476, Gibraltar se convirtió en una ciudad habitada exclusivamente por judíos conversos andaluces (4.350 procedentes de Córdoba y Sevilla).

    Algunos historiadores califican aquel acto de «compra» por parte de ese colectivo. La presencia hebrea era importante en la península, llegando a ocupar una posición destacada dentro de la economía y la administración. Con su conversión al cristianismo los judíos buscaban la necesaria protección en tierra cristiana, aunque su nueva fe no era creíble para muchos, por lo que se les aplicaba el apelativo de «marranos». Principalmente eran los conversos andaluces los que continuaban manteniendo la práctica de su religión.

               

    En aquella época, Gibraltar se hallaba habitada por cristianos, pues el I Duque de Medina Sidonia, Juan de Guzmán, con la ayuda del Conde de Arcos, la había conquistado a los musulmanes en el año 1462. Un año después el monarca de Castilla Enrique IV donaba la plaza al conquistador. Muerto el primer duque, su hijo Enrique de Guzmán, II Duque de Medina Sidonia y IV de Niebla, seguía manteniendo la propiedad de la plaza.

               

    Diferentes historiadores, basándose en el cronista del siglo XV, Alonso de Palencia, se han referido a este histórico capítulo, que tiene su origen en las revueltas organizadas por los cristianos viejos contra los conversos en distintos lugares. En Córdoba y Sevilla tuvieron especial virulencia, por lo que los judíos bautizados se sintieron desamparados.

               

    Ante ello, Pedro de Córdoba, representante de los conversos cordobeses, negoció con el duque el asentamiento de las familias judías en Gibraltar.

               

    ¿Fue entonces un sentimiento humanitario el que movió al II Duque a facilitar la plaza a los conversos? Vista la actuación posterior de éste, queda claro que tan sólo le movió las ventajas económicas que por tal medida obtuvo, como la liberación de rendir cuentas por las cantidades conseguidas en Sevilla con destino a Gibraltar.

               

    En el acuerdo cerrado entre el duque y el delegado de los cordobeses se establecía que la ciudad sería desalojada de sus habitantes cristianos, adquiriendo los conversos las casas evacuadas. El número de nuevos residentes sería ilimitado, tan sólo sujeto al espacio disponible.  En definitiva, la nueva administración funcionaría con plena independencia, a excepción del pago de las tropas encargadas de la custodia la ciudad, que durante los dos primeros años sería asumido por la Casa Ducal

               

    Pedro Herrera fue nombrado gobernador de la plaza, encargándose del nombramiento de los regidores y otras autoridades, tanto civiles como militares. No obstante, la discordia entre ambas comunidades de conversos, hizo que los sevillanos retornaran a su provincia.

               

    Transcurridos los dos años comenzó a extenderse la creencia que la reina Isabel confiaba en los conversos, teniendo en cuenta que mantenía consejeros bautizados. Probablemente, la sospecha del duque de que Gibraltar pudiera pasar al reino, unido a que se cumplía el plazo establecido para que asumiera el gasto del mantenimiento de la ciudad, hizo que, valiéndose de artimañas, recuperase la misma.

               

    De esta manera, con la excusa del ataque emprendido por sus tropas contra Ceuta, en manos portuguesas, dispuso que la caballería partiera hacia el Peñón. Al ver aproximarse al duque con su ejército, Pedro Herrera mandó abrir las puertas para agasajar a su benefactor. Lo que parecía una fiesta se convirtió en la ocupación de la plaza, la detención del gobernador y la expulsión de los conversos.

                 

    Transcurría el mes de agosto de 1476, la fecha en la que expiraba el período de dos años, primera parte del acuerdo suscrito entre el señorío de Medina Sidonia y el delegado de los conversos andaluces.  

               

    La expulsión de los judíos enfrentó a éstos a la terrible realidad de volver a sus tierras de origen, por lo que algunos se dirigieron hacia Sevilla y otros emprendieron el camino hacia el reino nazarí de Granada.

               

    Los Reyes Católicos no sólo no dieron protección a esta comunidad sino que, en 1477, concedieron al duque el título de Marqués de Gibraltar. Eso sí, la reina Isabel reafirmó su autoridad sobre Sevilla, después de haber cedido al señorío un buen número de ventajas sobre la misma.

  • Datos

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