Lunes, 18 de Febrero de 2019

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    Cuando el Pendón de Gibraltar retornó clandestinamente a su lugar de origen

  • Playa de los Catalanes en Gibraltar
    Antonio Pérez Girón

    Durante la Guerra de la Independencia las tropas francesas entraron en varias ocasiones en San Roque. Los atropellos fueron continuos por parte de los imperiales, lo que obligó a que la mayor parte de la población buscara el amparo de las baterías de los aliados ingleses, instaladas en el Peñón. Y entre aquellos sanroqueños, que se consideraban gibraltareños en el destierro, llegó oculto el Pendón de Gibraltar, que al frente del Cabildo había salido de la plaza en agosto de 1704, al producirse la ocupación inglesa.

     

    Ahora volvía porque los habitantes de San Roque trataban de evitar que cayese en manos francesas. Y así permaneció hasta su vuelta, acompañando a aquel pueblo singular, que durante su refugio vivió auténticas penalidades. Una de ellas la muerte de varios refugiados al desprenderse dos grandes rocas que cayeron sobre el campamento montado en la Caleta. El testimonio de uno de estos sanroqueños, Lorenzo Valverde, da cuenta del terrible accidente:

     

    “Allí hay una ladera bastante pendiente, formada con los escombros que producen los barrenos que continuamente echan los ingleses para sacar piedra para sus edificios o para darle a su plaza mayor seguridad. En lo más alto de dicha ladera había dos peñascos sueltos, porque no estaban unidos a la mole de todo el Peñón y solamente se sostenían con dichos escombros. Mientras que los refugiados en aquel sitio de la Caleta subsistían en él, pasaron terribles incomodidades a causa de los vientos fríos y lluvias, que de estas últimas caían diariamente, las cuales, en particular apretaron el día 8 de diciembre del mismo año 1811, pues cayeron con tanta abundancia que dieron causa a que se ablandara la tierra que por tantos años sostuvo los dos referidos peñascos, los cuales se desprendieron de aquella altura y rodaron con tal velocidad que no dio tiempo a aprestarse ni a librarse de ser atropelladas unas 15 personas de San Roque, de Estepona y de otros pueblos, los cuales fenecieron, además de otros heridos y contusos”.

     

    Crónica excepcional de Valverde, que con su familia se hallaba en Gibraltar, donde permaneció hasta que la epidemia de septiembre de 1813 hiciera que el gobernador británico ordenase la salida de los refugiados.

     

    Éstos fueron alojados en la llamada Zona Neutral, pues las autoridades españolas establecieron una cuarentena. En su Libro de Memorias, Valverde consignaría: “nos juntamos en aquel sitio y se formó un pueblecito, que aquí le llamaban la ciudad de los trapos a causa de las habitaciones que se formaban con cobertores, sábanas, mantas y pañuelos. En esta ocasión, favorecieron mucho de Gibraltar trayendo carnadas de pan, galletas y bacalao, que repartían a todo el que quería. A los 50 días de estar en este sitio nos mandaron a los Barracones del campamento, y a los 7 días entramos en San Roque”.

     

    Los sanroqueños habían establecido un verdadero barrio durante la cuarentena. La “ciudad de los trapos”, contó con un celador, enviado por la Junta de Sanidad de San Roque, encargado de establecer el orden y atender las necesidades del campo de refugiados. Valverde afirmaba: “se hicieron dos o tres chozones de palma para los enfermos y otro más para una guardia que, de los mismos paisanos se estableció para el buen orden y evitar las raterías que pudieran ocasionar los muchos pobres que allí estaban acogidos...”  El cronista señalaba que no se produjo ni robo ni desorden, y  a ninguna familia les faltó comida. La ayuda del pueblo de Gibraltar y de habitantes que permanecían en San Roque, fue un ejemplo de solidaridad con aquellos que no tenían nada.

     

    En el mismo Gibraltar, un grupo de refugiados, entre los que se hallaba Lorenzo Valverde habían jurado la Constitución liberal, el 6 de julio de 1812. El acto tuvo lugar en el transcurso de una misa celebrada por el obispo de la diócesis Guadíx-Baza, exiliado también en el Peñón.

     

    Cuando el nutrido grupo de refugiados retornó a San Roque fue recibido por los que habían permanecido en la ciudad o se habían ocultado en los campos. Subiendo la calle San Felipe, a la cabeza de aquella marcha, el Pendón, que tanto significa para los sanroqueños, y del que los refugiados no habían querido desprenderse en ningún momento, se hallaba desplegado.