Martes, 18 de Diciembre de 2018

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    El fin del sueño americano de los pasajeros del Utopía

  • Panteón levantado en el cementerio de La Línea conteniendo los restos de veintiséis italianos fallecidos en el naufragio del Utopía. Foto APG.
    Antonio Pérez Girón

    El sueño americano de un nutrido número de emigrantes italianos se vio truncado en una tarde de temporal en la bahía de Algeciras. El Utopíaun vapor perteneciente a la compañía británica Glasgow Anchor Line, naufragó el 17 de marzo de 1891 con un saldo trágico en vidas. Había partido de Nápoles con tres viajeros de primera, 814 italianos que embarcaban para Estados Unidos, 59 marinos de tripulación y tres polizontes. En total 879 personas. Al mando del capitán Jhon McKeague su destino era Nueva York. La magnitud del suceso atrajo a los principales medios españoles y británicos. Asimismo, la prensa de la zona informó puntualmente de lo acaecido.

    El buque tenía previsto hacer una escala en Gibraltar, donde, aparte de proveerse de carbón, iba a desembarcar 6.000 libras de carne, siete vacas y ocho cabras vivas, frutas y verduras, y material con destino al puerto. En el Peñón tenía de consignatario a la firma Henderson Hermanos.

    A las siete de la tarde, cuando tuvo lugar el siniestro, caía una intensa lluvia sobre el Campo de Gibraltar, acompañada de fuertes rachas de viento de sudoeste. El Utopía aumentó su marcha para alcanzar el puerto calpense, donde se hallaban cinco barcos de guerra británicos pertenecientes a la escuadra del Canal, al mando del vicealmirante Michael Culve, así como la fragata sueca Freya y el cablero Amber.

    El vapor intentó anclar cerca del barco sueco, situado muy próximo al acorazado británico Anson. El capitán  McKeague no estableció correctamente la distancia, impactando la nave con la proa del acorazado, donde se hallaba el espolón, abriéndose una brecha de ocho metros de largo y cinco de ancho en el costado de estribor del Utopía.

    A cuatro minutos del choque la popa del barco de pasajeros estaba hundida y veinte minutos más tarde quedaba cubierto el puente. Los barcos de guerra comenzaron a disparar sus cañones en señal de peligro y a encender todos sus reflectores. El temporal dificultó el rescate, produciéndose escenas de extremo pavor, con madres aferradas a sus hijos, inevitablemente perdidas en el oleaje, y algunos emigrantes encaramados a los palos de la nave, la única parte que asomaba a la superficie.

    Al día siguiente el mar arrojó numerosos cadáveres a  las playas de Gibraltar, La Línea, Algeciras, Tarifa y Ceuta. Los supervivientes del siniestro fueron alojados en distintos puntos de la colonia: Hogar del Soldado, Hospital Colonial, Real Hospital Naval y en tiendas de campaña. Una comisión reunida en el Convento, sede del gobernador militar,  se puso en marcha para socorrer a los afectados. 

    El cónsul italiano en el Peñón, Bonelli desplegó un trabajo intenso, procurando la asistencia a los supervivientes y colaborando para la identificación de los cadáveres.  El diplomático mostró el agradecimiento a los ciudadanos de La Línea que habían promovido la construcción de un monumento funerario, donde se recogieran los restos de los veintiséis infortunados aparecidos sin vida en las playas linenses. El panteón tuvo un costo total de 692,10 pesetas, siendo levantado en el cementerio municipal de la calle Jardines, para luego ser trasladado al nuevo, abierto en 1911 en su emplazamiento actual.

    El juez de Instrucción de San Roque, Vicente de Payueta, auxiliado por el de Paz de La Línea, Francisco de Grandy, se encargó de dirigir las diligencias de identificación de los cadáveres llevados a la necrópolis linense, a los que se les practicó la autopsia, se recogió pertenencias y se fotografió. Las escenas de identificación fueron terribles, aunque un número importante de los fallecidos, no pudieron ser identificados, por haber desaparecido el resto de familiares que les acompañaban, o por el estado de deterioro en que se hallaban los despojos.

    Aunque los ayuntamientos de las ciudades que recibieron cadáveres dieron cabida en sus cementerios, la falta de espacio en el de Gibraltar hizo que 143 de ellos fueran devueltos al mar en sacos lastrados (según el diario Heraldo de Madrid fueron 336).

    De las 879 personas que se hallaban a bordo perdieron la vida 564 (551 emigrantes italianos, doce miembros de la tripulación y un pasajero de primera). También fallecieron en las labores de rescate los marinos del buque de guerra inglés Inmortalite, George Thales y James Croton.  En el caso del viajero de primera Carlos G Davis, natural de Boston, el consulado de su país en Gibraltar, dispuso un ataúd de plomo para su traslado a Estados Unidos. 

    Los supervivientes fueron repatriados a Nápoles en el vapor Assyria, de la misma naviera que el Utopía. Fueron despedidos por una comisión con el obispo católico Lystra a la cabeza, quien entregó 7.000 pesetas para su distribución entre los que partían. Entre los que se habían salvado se hallaba el fogonero José Trujillo, natural de Almuñécar, único español a bordo, y que volvió a su ciudad.

    Por su parte, el capitán del buque hundido quedó en libertad bajo fianza, que fue abonada por la consignataria, para luego ser sometido a un Tribunal de Marina, quedando absuelto de todos los cargos.

    En el mes de mayo se trasladó hasta Gibraltar un equipo de la compañía británica East Coast, que tras arduos trabajos a lo largo de dos meses, logró sacar a flote al Utopía. En su interior fueron hallados una veintena de cadáveres, que dado el estado de descomposición, no pudieron ser identificados. Finalmente, el 25 de agosto el buque fue remolcado por el Stormcock hasta el puerto de Glasgow, donde sería vendido, ya en 1900, con destino al desguace.