Lunes, 18 de Febrero de 2019

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    La "Gazeta de Zaragoza" informa sobre la toma de Gibraltar por el bando del archiduque Carlos

  • Imagen antigua de Gibraltar y la playa de Levante
    Antonio Pérez Girón

    Auténtico notario de la actualidad en cada momento, el periodismo ayuda a conocer y entender la historia.  Los medios de tiempos pasados no facilitaban con inmediatez lo sucedido, pero si dejaban constancia de ello. Un acontecimiento como la batalla de Trafalgar tuvo espacio en las páginas del diario Gibraltar Chronicle en su edición del 4 de diciembre de 1805. En este sentido, el Diario de Algeciras, en su número 84 (24 a 27 de octubre de 1805) publicaba los partes del vigía de Torre Carbonera sobre el movimiento de buques en la bahía de Algeciras en los días posteriores a la batalla.

    Y una noticia como fue la toma de Gibraltar durante la Guerra de Sucesión por los partidarios del pretendiente al trono español, archiduque Carlos, también fue recogida por la prensa de la época.  El periódico Gazeta de Zaragoza, que lucía en su cabecera “Noticias generales de Europa venidas a Zaragoza por el correo de Flandes”, se editaba en la capital aragonesa los martes, más un suplemento los domingos. Cabe señalar que en ese año Aragón aún no se había alineado a favor del pretendiente austriaco.

    No sería hasta el 2 de septiembre cuando los lectores de la Gazeta conocieran lo acaecido en Gibraltar. Lo que hoy podríamos denominar como un “enviado especial” ofrecía una extensa información fechada en Málaga el 12 de agosto de 1704: “Después de haber dado varios bordeos a estas costas los enemigos con su Armada sin haberse podido penetrar su designio, lo manifestaron, en fin el primero del corriente habiendo amanecido a lo largo del Estrecho y empezado con el día a introducirse con viento favorable en la bahía de Gibraltar, en que dio fondo en el trocaderillo que está entre el Muelle Viejo y Algeciras.  Así que estuvo a tiro de la plaza empezó su artillería a hacer fuego sobre ellos, a que correspondieron inmediatamente con el suyo acompañado de un desembarco de gente, que, adelantándose hacia la Puerta de Tierra…”.

    Sorprende los detalles ofrecidos por el periódico por la fidelidad de lo ocurrido tras la irrupción de la potente escuadra anglo-holandesa frente a Gibraltar: “Serían como las tres de la tarde cuando el príncipe Darmstadt (representante del archiduque) envió a decir con un tambor al gobernador de la plaza que la rindiese, ofreciéndole todos los partidos que quisiese, que de no ejecutarlo así la entraría a sangre y fuego. Entretúvose la respuesta hasta el día siguiente a las ocho de la mañana, que fue muy conforme a la lealtad del gobernador y demás oficiales y vecinos. Lo cual visto por los enemigos pasaron a acordonar veintitrés navíos y cuatro balandros y arrojar gran fuego dentro de la plaza con artillería y morteros, así por mar como por tierra, y lo continuaron todo el día sin cesar un punto. A la noche se avanzaron algunas lanchas al puerto nuevo, en que dieron fuego a un navío francés de dos que había surtos en él, cuya gente se refugió en el muelle”.

    El terrible bombardeo sufrido por la ciudad del que dio cuenta el sacerdote Romero de Figueroa, testigo del ataque, también fue recogido por la Gazeta: “El día 3 repitió el fuego con tanta violencia, que hasta las dos de la tarde se dispararon más de seiscientas bombas, y habiendo asaltado el muelle nuevo con muchas lanchas se vieron precisados los que le defendían a retirarse, después de haber cumplido con su obligación, dejando minado el castillo, que volando todo un lienzo de muralla mató a más de ciento cincuenta de los enemigos y les sumergió muchas lanchas con toda su gente. Después de lo cual subieron a Nuestra Señora de Europa, en que hicieron prisioneras a muchas familias que se retiraron allí con lo más ligero de sus efectos”.

    En efecto, deja constancia el periódico del refugio de la citada iglesia, y de la detención de familias enteras –las mujeres se hallaban allí refugiadas– lo que pesó, sin duda, en la decisión del gobernador de la plaza Diego Salinas, al mando de una exigua fuerza de vecinos y algunos soldados, de acordar la rendición.

    Volvamos a la crónica excepcional de aquellas dramáticas jornadas:  “A las tres de la tarde se volvieron a enviar dos tambores a la plaza: el uno, del príncipe, diciendo que por su temeridad se habían hecho indignos de su clemencia, y así que la había de castigar pasándolos todos a cuchillo, y el otro, por el duque de Ormond, comandante de los ingleses, asegurándoles aún de todo buen partido en premio de su gallarda defensa como se rindiesen luego y que se hiciesen los pactos. Lo cual considerado por el gobernador y viendo la imposibilidad de la defensa, que sólo consistía en trescientos vecinos y aun no treinta soldados, y, sobre todo, que carecían de municiones, resolvió la entrega y pasó a participarlo al príncipe, advirtiéndole que habría de ser bajo las condiciones propuestas antes por su excelencia y que últimamente le ofrecía el duque de Ormond. El príncipe, que no deseaba otro, vino en ello, y habiendo arreglado y convenido las capitulaciones y dejádose los rehenes por entrambas partes, se pasó a entregar la Puerta de Tierra”.

    Y cerraba la crónica aludiendo a las capitulaciones, en todo momento honrosas para aquel pueblo que había luchado contra una fuerza infinitamente superior: “Las capitulaciones fueron que la guarnición saliera con todos los honores militares de armas, tambor batiente, bandera desplegada. Mecha encendida, bala en boca y equipajes sin ser registrados, tres piezas y municiones para disparar doce tiros. Que los regidores y caballeros que tuviesen bestias de carga pudiesen sacarlas también sin ser registradas, permitiéndoles tres días para su transporte. Que a los que quisiesen quedarse a vivir en la ciudad se les mantuviese en sus derechos y prerrogativas. Todo lo cual quedó concedido, excluyendo a los franceses, que habían de quedar prisioneros de guerra, y que los quisiesen quedarse había de ser prestado juramento de fidelidad al archiduque. En cuanto a los víveres no permitieron sacarlos, si bien lo pagaron todo. La constancia y el valor del castellano del castillo de la Puerta Nueva fue tanta, que aun después de haber entrado los enemigos en la plaza no quiso rendirse hasta que le fue una orden expresa del gobernador”.

    Singular y fiel relato de un periódico de la época de un hecho de enorme trascendencia histórica. Y del inicio de la epopeya de un pueblo gibraltareño, que había logrado salir con la cabeza alta de su querida tierra.