Lunes, 16 de Julio de 2018

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    Gibraltareños en las filas de los revolucionarios liberales españoles (y II)

  • Fachada de la capilla de la Visitación, conocida también como de la Caridad, en cuyo interior pasaron las últimas horas los liberales fusilados. Foto APG
    Antonio Pérez Girón

    En febrero de 1831, una vez ganada la costa campogibraltareña, los constitucionalistas de Manzanares entraron en Los Barrios, donde fueron convocadas las autoridades, a las que se exigió la entrega de escopetas y liberando algunos presos que se unieron a los rebeldes. En ese mes había hecho su primer intento de desembarco su compañero Torrijos, al que ya me he referido en un anterior trabajo.

     

    Salvador Manzanares marchó hacia la provincia de Málaga. En su persecución se organizó en San Roque un grupo de 25 hombres a caballo y cien infantes de la milicia de Alcázar de San Juan. Ya conocemos el papel jugado por el corregidor sanroqueño Julián Ortega en las acciones contra los revolucionarios.

     

    En este sentido, tal como recogen las Actas Capitulares, el Ayuntamiento había mostrado su preocupación y se reunió «para contener toda sorpresa y tentativas de los revolucionarios emigrados de Gibraltar», alertando a todos los medios: «estén a la mira todos los capitulares, como hasta aquí, aun en las horas extraordinarias. Que los subalternos de los juzgados y gente que hay armada redoblen la vigilancia».

     

    Traicionados y rodeados la mayoría de los liberales fueron abatidos en el término de Estepona, incluido el propio Manzanares, víctima de una traición. El día 4 de marzo de 1831 entraban en San Roque cuarenta prisioneros pertenecientes a dicho grupo, entre ellos cuatro vecinos de la ciudad y nueve gibraltareños.

     

    El destino de los apresados estaba dictado: varios fueron fusilados en las poblaciones de Jimena y Los Barrios. Nueve de ellos en la barriada sanroqueña de Campamento y otros quince junto a las paredes del cementerio de San Miguel, en San Roque.

     

    Este último grupo fue sacado de la cárcel de la población a las siete de la mañana del lunes 7 de marzo, y llevados a la capilla de la Caridad, en Cuatro Vientos. Allí permanecieron hasta las tres de la tarde. A esa hora sacaron a ocho y los condujeron junto a uno de los muros del cementerio donde miembros de las milicias de Alcázar de San Juan se encargaron de quitarles la vida. Cuatro hombres que cumplían destierro en la ciudad se encargaron de trasladar los cadáveres a una fosa común del camposanto. A continuación les tocó igual suerte a los siete prisioneros restantes.

     

    La tropa formada pasó por delante de los cuerpos y posteriormente el capuchino Diego de Manilva ofreció un sermón. El cronista Lorenzo Valverde, que vivió aquellos hechos, dejaría un testimonio excepcional: «Era de ver cuando se retiró la tropa, ir el gentío de hombres, mujeres, niños y niñas a ver a los muertos. Asistió a esta última escena la Hermandad de la Caridad, que acompañó a estos últimos hasta la sepultura. Hubo algunos reos que sufrieron ocho o diez balazos por no quedar muertos de los primeros que les tiraron».

     

    El cronista relata como en la capilla los condenados fueron asistidos por sacerdotes, que les confesaron y comulgaron, «casi todos comieron con bastante apetito hasta su fin. Les pusieron en un altar tintero y papel para si algunos tenía que escribir algunas cosas a padres, madres o familias. Se dice que algunas cartas escribieron varios, que a más  escribieron algunos papelillos que dejaron pegados en  las paredes con migajas de pan, en que decían ¡Viva la libertad! Nuestras cenizas, otros vendrán que las vengarán. Algunos de ellos salieron de la capilla para ir al suplicio con su cigarro fumando, pero bastante antes de llegar lo tiraron».

     

    Con el retorno de las libertades tras la revolución de 1835 el pueblo sanroqueño no quiso dejar en el olvido a quienes habían dado la vida luchando por esas libertades. Y con especial emoción se vivieron en la ciudad los actos en honor de ese grupo de jóvenes fusilados por el absolutismo unos años antes. El domingo primero de mayo de 1836 fueron trasladados en procesión los restos de los constitucionales enterrados en una fosa del cementerio local, a la parroquia de Santa María la Coronada. Allí quedaron a la derecha del altar mayor. En Campamento se efectuaba una ceremonia idéntica con los nueve allí sepultados. A hombros de seis hombres, que se fueron relevando por el camino, y con canto religioso, llegaron hasta San Roque, siendo colocado el féretro a la izquierda del altar mayor. La Milicia Nacional quedó en el templo toda la noche. Al día siguiente tuvieron lugar las exequias. Tanto al inicio como al final de la misa, los miembros de la milicia realizaron sendas salvas con sus armas. El sermón corrió a cargo de un predicador venido de Gibraltar, como deferencia hacia los diez constitucionalistas gibraltareños que habían sido pasados por las armas, cuyos nombres aparecieron en la primera parte de este trabajo.

     

    En procesión fueron llevados los dos féretros al cementerio, acompañados de las autoridades y muchos vecinos. La caballería nacional y de carabineros se unió al desfile. En el camposanto, la infantería hizo una última descarga, cuando los restos eran depositados en el primer patio a los pies de un pequeño obelisco.  

     

    Cumpliéndose el primer centenario de las ejecuciones, coincidiendo con la recién estrenada II República, el Ayuntamiento de San Roque realizó un homenaje ante la tumba de estos defensores de la libertad.