Sábado, 16 de Febrero de 2019

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    El gran escritor José Cadalso muere frente a Gibraltar durante el Gran Sitio

  • Lápida en la tumba de Cadalso con inscripción en latín. Al final, en castellano: "A costa de un vecino de esta ciudad. En nombre de su patria".
    Antonio Pérez Girón

    Cada final de febrero la ciudad de San Roque rinde homenaje a la memoria del gran literato José Cadalso, muerto en el llamado Gran Sitio o Asedio de Gibraltar, y enterrado en la iglesia Santa María la Coronada.  Que sea en esta localidad, fundada por los exiliados gibraltareños, donde se hallen los restos del coronel José Cadalso Vázquez, añade importancia a la especial historia de la misma.

     

    En San Roque vivió cuando se iniciaron las hostilidades derivadas del conflicto anglo-francés, y de las cláusulas contempladas en el Pacto de Familia, que comprometían a España. Tan nefasto pacto entre las monarquías francesa y española, hizo que Carlos III ordenara la entrada en la guerra en junio de 1779.

     

    Cadalso fue destinado al bloqueo, cuyo máximo responsable era el teniente general Martín Álvarez de Sotomayor, mientras que la acción naval era adjudicada al almirante Barceló, a quien me he referido en otro trabajo dedicado a las lanchas cañoneras. De entrada, en el municipio sanroqueño se concentraron veintiséis batallones de infantería y doce de caballería. El militar y poeta llegó al mando del Regimiento de Caballería de Borbón, avalado por la experiencia de la anterior campaña de Portugal

     

    Nacido en Cádiz en 1741, el ilustrado Cadalso procedía de una familia bien situada dedicada a los negocios mercantiles. Había viajado por Europa y hablaba varios idiomas. Se estableció en Madrid, donde logró ocupar un lugar destacadísimo en la literatura.

     

    Sin embargo, su vida no estuvo exenta de dificultades, incluso fue desterrado a Zaragoza al atribuírsele una sátira dedicada a buena parte de la aristocracia madrileña.

     

    Estudiado ampliamente tanto en España como en el extranjero, en opinión del especialista Francisco Aguilar, aparte de destacar en la poesía y el teatro, «donde no tiene rival es en la prosa, siendo el creador del ensayo moderno, en la misma línea que seguirían después Larra, Costa, Ganivet y Unamuno». Aunque ya había obtenido los laurales con diferentes libros, obras de la importancia de Cartas marruecas, El buen militar y Noches lúgubres aparecerían de manera póstuma. En torno a esta última obra circuló la leyenda de que reflejaba el hecho real del intento de desenterramiento por parte del poeta del cadáver de su amada, la actriz María Ignacia Ibáñez, la Filis de sus doloridos versos.

     

    En el Campo de Gibraltar había estado en una anterior ocasión, en 1777, pues su regimiento había sido destinado a Andalucía. Ya en pleno sitio a Gibraltar, Cadalso, con el grado de comandante, actuó como ayudante del general Álvarez de Sotomayor, escribiendo en su diario: «llegué a San Roque y después de algún tiempo me hice cargo de Gibraltar, su situación, obras, bahía, tropas, método de servicio, etc.» En San Roque elaboró un proyecto de sitio que remitió al secretario de Estado, conde de Floridablanca.

     

    Uno de sus primeros servicios importantes fue el reconocimiento del frente el 2 de octubre de 1780, con enorme riesgo para su vida. También se encargó de examinar la gran trinchera que se prolongaba desde La Línea militar hasta la batería de San Carlos. El 12 de febrero de 1782, a pocos días de su muerte, fue ascendido a coronel.

     

    A finales de febrero de ese año –algunas biografías hablan del 26, otras de la noche del 27 al 28– hallándose en la batería llamada San Martín, en la parte más avanzada hacia el campo enemigo, un casco de una granada disparada por la batería inglesa Ulises le alcanzó en la sien derecha.

     

    Trasladado el cuerpo a San Roque, tras su paso por el Hospital de Sangre de Campamento, recibió sepultura el 28 de febrero en la iglesia castrense atendida por los mercedarios, según consta en el Libro Castrense de Defunciones, folio 116, que se guarda en el Archivo Parroquial de Santa María la Coronada.

     

    Posteriormente, a causa de la Desamortización de Mendizábal y la adquisición del edificio por parte del vecino Francisco María Montero, los restos pasaron a la mencionada iglesia parroquial.

     

    Desde entonces se le recuerda en la ciudad que le considera como un hijo propio, con una ofrenda floral sobre su tumba realizada por la Corporación municipal, tradición que fue recuperada por el que fuera cronista oficial Adolfo Muñoz. Asimismo, un instituto de enseñanza, un centro cultural y una calle reciben el nombre de tan destacado personaje.