Sábado, 18 de Agosto de 2018

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    La labor de resistencia del cura Romero de Figueroa ante los abusos de los ingleses

  • Fachada principal de la catedral católica Santa María la Coronada. Su existencia actual se debe al cura Romero de Figueroa. Foto APG
    Antonio Pérez Girón

    En el artículo anterior aludía al papel desarrollado por el sacerdote Juan Romero de Figueroa (1646-1720) en la defensa de la religión católica tras la ocupación inglesa y la preservación del patrimonio religioso, con enorme esfuerzo y arrojo. Esa labor merece, en mi opinión, y en la de varios lectores, un trabajo aparte. La crónica de Romero, como si se tratase de un periodista de la época, recogida en los libros de bautismo rescatados de Gibraltar y hoy guardados en San Roque, son pieza fundamental para conocer la difícil situación del sacerdote y del grupo de católicos que permaneció en el Peñón.

    Tan sólo tres meses antes de que esto ocurriese, el religioso expresaba sus temores si los enemigos alcanzasen la plaza: «Yo me hallaba con el oficio de prioste, de cuyo cargo estaba la plata y ropa y demás caudales de la Cofradía del Santísimo, y discurriendo que podía suceder lo que realmente sucedió, a petición mía se hizo cabildo, y se propuso: ¿qué se haría de la plata de la Cofradía caso que viniesen las Armadas y hubiese alguna hostilidad? Algunos tuvieron la propuesta por ridícula; no obstante, resolvieron que en tal caso se juntasen los hermanos mayores y resolviesen lo que se había de hacer». Incluso desde el Obispado gaditano se había mandado al vicario Pedro Rico con la orden de que se hiciesen cajas para trasladar la plata y el resto de objetos. Pero tras producirse el ataque a principios de agosto de 1704, la totalidad de los hermanos mayores habían abandonado la plaza, por lo que todo quedó a cargo del sacerdote: «Todo permanece hoy décimo año del asedio. Esto he escrito para que quede memoria para los siglos venideros, y sepan lo que sucedió para poder gobernarse si sucediera otro caso semejante».

    Cuando en 1717, en un momento de distensión, Inglaterra autorizó la visita pastoral del obispo de Cádiz, Lorenzo Armengual, quien estuvo acompañado por Romero, éste le mostró la plata que aún no había podido sacar del Peñón, así como los libros parroquiales antiguos, «y otros papeles pertenecientes al Archivo de las iglesias y ermitas». Armengual solicitó al gobernador inglés su traslado, pero el militar se excusó alegando que necesitaba la orden de su gobierno. En el relato de su visita, el obispo mostraría su preocupación por lo allí guardado.

    Era tan grande la desazón y la soledad que sufría Romero que llegó a plantearse la marcha. «A tal término llegó mi turbación que intenté irme, y estuve ya vestido de peregrino sin acordarme que era cura de esta iglesia y, como tal, debía primero consumir los sacramentos por quedar la plaza poseída de gente de otra religión». Pero el religioso desistió de la huida y su determinación hizo que su iglesia fuese la única que se salvara.

    La práctica del catolicismo se redujo a la iglesia de Santa María la Coronada y cuando salía para el viático de enfermos y la unción, llevaba a «Jesús en el pecho sin luz ni campanillas».

    En más de una ocasión eran interrumpidas las misas de manera irreverente. Se vio obligado a cerrar todas las puertas a excepción de un postigo, e hizo quejas ante el gobernador

    A pesar de las dificultades, logró refundar, en 1714, dos cofradías para el mantenimiento del culto y el auxilio a los pocos católicos que permanecían bajo su tutela: la de Nuestra Señora del Rosario y la de Nuestra Señora de Europa. Ambas cofradías fueron sometidas a un estricto control del gobernador, llegando a sufrir limitaciones en su labor.

    Durante los diez años que duró el sitio, Romero de Figueroa, también estuvo expuesto a los bombardeos. Constancia de ello dejaría en los libros parroquiales: «la bomba de arriba de más de las fosas mató un inglés en la casa inmediata y poco después en el mismo día domenica in albis echaron otra del campo que reventó sobre los tejados de esta iglesia en el aire y un casco pegó junto al tejado del arco que da luz a la Capilla de hierro en el patio dejó allí la señal para memoria y de rechazo dio en los ladrillos del claustro en lo cubierto, junto a la puerta baja de la Torre donde rompió dos ladrillos cerca de mí».

    El historiador Ayala se refiere a la labor clandestina de Romero para el traslado del patrimonio religioso: «Cuando veía en la plaza algunos españoles sus paisanos, o de otros pueblos, personas que creía de silencio y confianza, los llamaba aparte, y encareciendo la obra de religión que iba a encomendarles, y al mismo tiempo que ambos corrían si fuesen descubiertos, les entregaba libro, lámpara, u otra alhaja de la iglesia para que las dejasen en San Roque, o a los curas de sus tierras si no pasaban por aquellas poblaciones».

    A la recuperación de ese patrimonio y la labor de quienes actuaron como una “quinta columna” para ello, me referiré en un nuevo trabajo.