Jueves, 19 de Julio de 2018

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    Objetivo: volar Gibraltar en plena guerra de las Malvinas (y II)

  • El Peñón, visto desde San Roque. Foto APG
    Antonio Pérez Girón

    El comando argentino que pretendía atentar en la colonia de Gibraltar a finales de mayo de 1982, se estableció en un piso de la calle Constitución, en la ciudad de San Roque. No llamó la atención en ningún momento, pero buscando un mejor punto de observación sus cuatro miembros se trasladaron a un chalet de Pelayo, en el término de Algeciras.

    Haciéndose pasar por empresarios argentinos de vacaciones, aficionados a la pesca, comenzaron a hacer incursiones en las aguas de la bahía. En sus observaciones pudieron comprobar que la vigilancia en el puerto gibraltareño estaba muy relajada: no tenía colocadas las redes antisubmarinas y algunas de las garitas carecían de centinelas. 

    Marciano me comentó que tenía profundas dudas sobre el daño que podía causar a la población gibraltareña el alcance de un atentado, en el corazón de la base naval. En este sentido, en un determinado momento sus compañeros lo confinaron en la casa de una familia, en pleno campo. La familia estaba compuesta por una mujer y  tres hijos (dos niñas y un niño). Con la segunda de las niñas, que tendrían  9 o 10 años, Marciano entablaría una relación de confianza. En una ocasión, éste reveló su identidad a la menor, añadiendo que se hallaba en España realizando algo importante para su país. Y más tarde le facilitaría el nombre y su domicilio en la Argentina. A pesar de los datos ofrecidos y el interés de reencontrarse con aquella niña, ya una mujer, cuando tuve el encuentro con el protagonista, las imprecisiones del militar, no facilitó esa anhelada reunión.  

    De otro lado, el hundimiento el 2 de mayo por parte del submarino británico Conqueror del crucero argentino General Belgrano, fuera de la zona de exclusión impuesta por el Reino Unido en torno a las Malvinas, causó un fuerte impacto en Argentina e indignó profundamente a los miembros del comando que operaba frente a Gibraltar.

    Como respuesta inmediata Nicoletti propuso la voladura de un pequeño minador atracado en el muelle de la colonia, pero desde Buenos Aires, el almirante Anaya consideró que el objetivo no merecía la pena. Posteriormente, el buzo apostó por un petrolero de bandera liberiana. También fue declinado por Anaya quien estimó que la explosión causaría un gran número de muertos civiles y un desastre ecológico, que causaría el rechazo internacional. Posteriormente, Nicoletti, en  algunas entrevistas ha rechazado esta versión, indicando que sí contaban con un buen blanco, pero Anaya desistió porque en aquel momento se realizaban negociaciones para finalizar la guerra.

    Por su parte, Marciano me confirmó que sí existía un objetivo interesante. La llegada a Gibraltar del destructor Ariadna (de la misma clase que el Sheffield, hundido por la aviación argentina) sería la oportunidad esperada. Anaya autorizó la voladura del buque, fijándose la misma para la noche del siguiente día, el 31 de mayo.

    De producirse el éxito  de la operación, los componentes del comando saldrían por La Línea, donde, muy cerca de la playa habían estacionado un vehículo. Luego marcharían a Barcelona para dirigirse a Italia, y desde allí volar a su país.

    A partir de ahí la versión conocida habla de que el día anterior a la acción prevista, el capitán Rosales y Pelado se trasladaron a las oficinas de la casa de autos de alquiler en la Costa del Sol, al objeto de renovar el contrato de los vehículos que utilizaban. Con anterioridad, la policía española había alertado a dicha empresa para que comunicase de inmediato si aparecían los clientes argentinos, y una vez avisada procedió a la detención de los dos miembros del comando. Los otros dos lo fueron en el Hotel Guadacorte, en el término de Los Barrios.

    Sin embargo, el relato de Marciano difiere en este punto. La policía española desplegó un operativo amplio en todo el Campo de Gibraltar dispuesta a impedir el atentado. Marciano recuerda que dos compañeros, al menos, fueron detenidos en el hotel o en sus inmediaciones,mientras que él huyó campo a través. 

    Cerca de la carretera general, a la altura del arroyo de la Mujer, a dos kilómetros de San Roque, se topó con una patrulla policial que venía en dirección contraria, siendo detenido. Las versiones que circulan sobre la confraternización de policías y miembros del comando, fue negada por Marciano, quien me reconoció que los agentes españoles actuaron con determinación, siendo amenazado por los que le capturaron. 

    Todo apunta a que fueron los servicios de inteligencia británicos los que alertaron al Gobierno español, ya que desde el primer momento del conflicto de Malvinas, tenían descifrada las comunicaciones de la Embajada argentina en Madrid. También se especula con que la policía francesa diera aviso tras el incidente del pasaporte en el aeropuerto parisino. 

    Los detenidos fueron trasladados a Madrid y desde allí enviados a Buenos Aires. El presidente español Calvo Sotelo telefoneó al ministro de Exteriores argentino Costa Méndez, exigiendo explicaciones. El ministro negó que los miembros del comando pertenecieran al ejército argentino. Y que, por supuesto, no conocía aquella historia que le contaba sobre un intento de atentado en Gibraltar.

    Una cosa era cierta. La policía española había logrado evitar una acción inmediata de un comando en la colonia, que no sólo habría causado bajas militares británicas, sino que se hubiese convertido en verdadera tragedia para la población civil.