Lunes, 22 de Octubre de 2018

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    El papel de Gibraltar durante la guerra civil española

  • Primera plana del diario ABC informando de un acto en el consulado franquista en Gibraltar. Hemeroteca Histórica Francisco María Tubino
    Antonio Pérez Girón

    Durante el desarrollo del seminario sobre el papel de Gibraltar en la guerra civil española de 1936-1939, que tuvo lugar recientemente en el Curso de Verano de San Roque, quedó patente que, a pesar de que queda mucho campo por abordar, existen evidencias claras sobre la función de la sociedad gibraltareña en un enfrentamiento que se dirimía al lado de la colonia. 

    Está probado que Gibraltar fue una tabla de salvación en el convulso mar de la guerra, al igual que lo fuera en otras épocas de la historia. Gracias al Peñón salvaron la vida muchos republicanos de la zona. Sin embargo, es menester resaltar, y así está reconocido históricamente, que la sociedad gibraltareña en general se mostró solidaria con los alzados en armas en julio de 1936

    Los primeros datos sobre la colaboración con el bando nacional se publicaron en los años setenta del siglo pasado, aunque muy esporádicamente. En este sentido, Fernando Puell dio noticia del abastecimiento a los sublevados a través de la colonia. Este tráfico de mercancías estaba controlado por la Junta Reguladora de Importación y Exportación, que había sido puesta en marcha por el todopoderoso general rebelde Queipo de Llano. Pero ese apoyo no sólo se limitó a bienes de consumo, también se realizaron entregas de dinero directamente al Gobierno Militar del Campo de Gibraltar. Los recibos de las cantidades en libras eran firmados por ciudadanos del Peñón. Las ayudas llegaban a ser completamente a fondo perdido y se efectuaron desde el primer momento del alzamiento militar.

    El cerebro del golpe en la comarca, teniente coronel Coco, recibió desde el primer momento la simpatía de las autoridades coloniales, que no se recataron en organizar el abastecimiento al ejército rebelde, existiendo datos sobre la paja para el ganado militar, latas de carne  –la popular«corneb beef»–, mantas y ropa para los soldados. Los comerciantes locales enviaron gran cantidad de tabaco y tampoco ocultaron su apoyo al bando sublevado.

    Aunque de manera mayoritaria la población gibraltareña se decantó por el lado rebelde, algunos sectores obreros, muy concienciados, mantuvieron una actitud diferente. También los miembros de la masonería local prestaron socorro a sus hermanos campogibraltareños.

    Ese posicionamiento a favor de Franco se ocultaba tras la postura de «neutralidad»y de «no intervención» de Gran Bretaña. Las autoridades británicas permitieron la instalación de un «consulado»franquista, que habría de convivir con el gubernamental republicano, y que colaboró estrechamente con las dos organizaciones fascistas creadas en Gibraltar, y que respectivamente lideraban Humberto Figueras y Luis Bertuchi. Aspecto muy interesante que ha desvelado el profesor inglés Gareth Stockey. La Unión Fascista de Gibraltar, dirigida por Bertuchi era una gran admiradora de Mussolini, aunque tuvo más peso el grupo de Figueras, identificado con Falange Española (el partido fascista español). Los fascistas gibraltareños eran asiduos de los actos simbólicos y políticos de sus homólogos españoles en la comarca. Y aunque eran grupos minoritarios, supieron arrastrar a un significado número de vecinos, con representación de la clase media baja y obrera. La utilización de la camisa negra (fascismo italiano) o la azul (Falange Española) fue objeto de debate en ambas organizaciones.

    Stockey recuerda que en la celebración del Día de la Raza, celebrado en La Línea en octubre de 1937, acudieron ochocientas personas, la mayoría llegadas del Peñón. Del mismo modo, en el propio Gibraltar, en el consulado franquista, se dieron cita más de 350 vecinos de la colonia, cantándose el himno falangista del Cara al Sol, brazo en alto. Sus movimientos no sólo eran permitidos por las autoridades británicas, sino que tenían sus sedes en el mismo edificio donde se hallaba instalado el servicio de inteligencia inglés. 

    De otro lado, la policía gibraltareña colaboró con la española y con la Falange linense –que actuó en los primeros momentos con absoluta carta blanca– en el control del paso fronterizo.

    A lo largo de mis investigaciones tuve la oportunidad de entrevistar a varios refugiados que habían logrado entrar con pequeñas embarcaciones, y para evitar la expulsión inmediata, se ubicaron en los pontones del puerto calpense. En estos pontones y barcazas se refugió una buena parte de gente humilde de la barriada sanroqueña de Puente Mayorga. Algunos permanecieron largo tiempo, pues temían represalias si regresaban a sus casas. En buena medida se trataba de pescadores y continuaron con su actividad, vendiendo el pescado en el propio Gibraltar, donde si eran sorprendidos por la policía eran  expulsados de inmediato.

    Tampoco fue igualitario el trato dado por el gobernador Charles Carrington, quien ordenó controlar a los refugiados republicanos, dejando con total libertad a los del lado nacional, que tras la victoria del Frente Popular y en los primeros meses de guerra, habían cruzado la frontera. La propia Elvira Castilla del Pino, perteneciente a una conocida familia de derechas de San Roque, me lo relataba para uno de mis libros. Varios de sus familiares habían sido asesinados por las milicias que entraron en la ciudad, provenientes de Málaga, lo que motivó que el resto buscara refugio en Gibraltar, ante nuevas represalias. Todos fueron alojados en el Palacio del Gobernador, asiduo visitante de las propiedades campestres de los Castilla. Esa diferencia de trato llevó a que los acogidos republicanos realizaran una manifestación que llegó a las puertas de la sede del gobernador.

    Por otro lado, puede citarse el apoyo desde Gibraltar a la flota nacional. Desde el Peñón se lanzaban bengalas que en la oscuridad de la noche dejaban al descubierto a los barcos republicanos. Conocido es el caso del destructor José Luis Díez, que requeriría un espacio especial, y que tras combatir a naves enemigas, embarrancó en la playa de Los Catalanes.

    Y en julio de 1936 cuatro buques de la escuadra republicana (ChurrucaLibertadCervantes Jaime I)  entraron en el puerto de Gibraltar. Al día siguiente una comisión de marineros al mando de un suboficial, bajó a tierra para pedir que se abasteciese a los barcos de carbón. El propio cónsul Álvarez Buylla hizo las oportunas gestiones, no siendo atendido por las autoridades navales británicas. Entonces negoció directamente con el representante de los comerciantes de carbón, Lionel Imossi, quien se negó a carbonear, teniendo que partir la pequeña flota tras el ultimátum del Almirantazgo.

     

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