Miércoles, 15 de Agosto de 2018

Formulario de búsqueda

    El patrimonio histórico trasladado por los gibraltareños hasta San Roque

  • Reciente representación histórica en las calles de Gibraltar. Foto APG
    Antonio Pérez Girón

    El cura Romero de Figueroa se constituyó en personaje imprescindible para facilitar la salida de alhajas, ropas y objetos de las iglesias de Gibraltar, la mayoría saqueada por los ingleses, pero no fue el único que desempeñó esa arriesgada labor.

    El historiador Pablo Antón Solé investigó la cuestión del traslado, señalando que al fallecimiento de Romero de Figueroa en 1720, se hizo cargo de la feligresía gibraltareña el coadjutor, José López de la Peña, de avanzada edad. El obispo de Armengual trató de realizar una nueva visita pastoral en 1725 (hizo una 1717), no siendo autorizado por las autoridades británicas. En cambio, sí logró que al año siguiente se sustituyera al anciano sacerdote por otro más joven, Gregorio Sabando

    El sitio de 1727 empeoró la situación de los católicos en la plaza, y el sacerdote mostró al obispo su preocupación ante una posible expulsión del reducido número de clérigos. Los temores estaban fundados y el cura fue expulsado, pero antes logró remitir los libros del archivo a San Roque.

    En este sentido, Antón Solé, contradice lo expuesto por Ignacio López de Ayala, quien afirmaba que los sucesores de Figueroa, los padres Román y Peña siguieron con esta labor de rescate. Sabando actuó creando una verdadera red clandestina que le permitiese sacar poco a poco cada uno de los volúmenes de bautismos, matrimonios, defunciones y capellanías. 

    Sin quitar importancia a la labor de Romero de Figueroa, que ya ha sido destacada en trabajos anteriores, y que supo reunir  todo lo que pudo de las iglesias y capillas, y que incluso ya envió piezas fuera de Gibraltar, la documentación existente en el Archivo Histórico Diocesano, arroja suficiente luz sobre el tema.

    Por otra parte, destacado en la labor de rescate fue el mercader Diego Ponce, quien contaba con una tienda en torno a la ermita dedicada al santo, donde surgiría la ciudad fundada por los gibraltareños exiliados.  Fue hermano mayor de la cofradía de la Vera Cruz y trasladó hasta San Roque, el 11 de enero de 1715, la imagen de los Remedios y la de San Sebastián. El cura de la ermita, Francisco Román Trujillo, organizó con tal motivo una procesión y una misa cantada. La imagen de los Remedios se convertiría en la patrona sanroqueña bajo la advocación de Santa María la Coronada.

    De la misma forma, fueron llevadas hasta San Roque, el Cristo de la Vera Cruz con el resto de figuras que conforman ese grupo escultórico y paso de misterio; Cristo de la Columna, hoy Humildad y Paciencia; Cristo Yacente, Virgen de la Soledad y algunos más, entre ellos santos populares como San Antonio de Padua.

    Por su parte, el vecino José Martín, logró burlar la vigilancia británica cuando sacó la imagen de San José, sujetándola a un caballo a imitación de una persona, embozándola con una capa, cubriéndola con un sombrero y añadiéndole unas piernas postizas. Por toda la calle Real cabalgó San José diciéndole adiós a Gibraltar.

    La más tardía de las imágenes en llegar a San Roque fue la del Nazareno, y a la que ya me referí en otro artículo, relatando su rescate al efectuarse una procesión fuera de la plaza a cargo de los católicos genoveses.

    Establecidas ya en San Roque, las cofradías originarias del Peñón, del Santísimo, Soledad y Santo Entierro, Cristo de la Columna y Vera Cruz, celebraron cabildo conjunto el 4 de marzo de 1720, solicitando del obispo la entrega de alhajas y otras pertenencias de las referidas hermandades. Con ello se reanudaba la tradicional vida cofrade desaparecida en Gibraltar, y que ha llegado hasta nuestros días de manera relevante.

    Aparte de las imágenes religiosas y el archivo eclesiástico, los gibraltareños rescataron, y hoy se hallan en San Roque, la Cédula Real por la que los Reyes Católicos concedían el escudo a la ciudad de Gibraltar, en 1502,  y otros documentos civiles, como el testimonio del cabildo por el que se acordaba la entrega de la ciudad a los atacantes y otra serie de importantes escritos, como una serie de ordenanzas y expedientes de incalculable valor histórico. Los más antiguos pertenecientes al siglo XVI.

    Y el Pendón de Gibraltar, que salió con los regidores tras la invasión inglesa. El estandarte era tremolado con la coronación de los monarcas, privilegio que correspondía en el Peñón al alférez mayor perpetuo, y que tenía carácter hereditario desde 1576 en la familia Sanabria. Esta tradición no se interrumpió con la pérdida de Gibraltar. Así, el 30 de mayo de 1748 se celebró la ceremonia por la proclamación de Fernando VI en el Campo de San Roque, ejerciendo de alférez mayor en dicha ocasión, Cristóbal Rafael Fernández de Córdoba Portocarrero, marqués de Aljarinejo y señor de Benahavis. 

    Toda una historia que enlaza a Gibraltar con San Roque, pues allí tiene su origen la nueva población, que durante años, en ese exilio interior, continuó llamándose Gibraltar. Una historia singular que permanece viva en la ciudad de San Roque.