Miércoles, 15 de Agosto de 2018

Formulario de búsqueda

    Represión hacia los católicos tras la ocupación de Gibraltar

  • Antiguo convento de los franciscanos y actual sede del gobernador británico. Foto APG
    Antonio Pérez Girón

    El cura Juan Romero de Figueroa  recogió lo ocurrido tras la llegada de la escuadra anglo-holandesa que se hizo con Gibraltar durante la Guerra de Sucesión española. En los márgenes de los libros de bautismo –guardados hoy en San Roque– dejó una crónica de incalculable valor histórico. El arrojo de este sacerdote, enterrado en la iglesia que defendió con tanto ahínco, la hoy catedral católica del Peñón, evitó que se produjeran más desmanes por parte de las fuerzas inglesas. Su especial figura y el papel jugado en esos difíciles años merece un trabajo aparte. Tan sólo aportaré un testimonio recogido por Romero en el Libro decimoctavo de Bautismos: « (..) los ingleses fueron a Nuestra Señora de Europa y robaron su santuario quitaron doce lámparas de plata, candeleros, atriles, coronas, joyas y vasos consagrados. Todo el vestuario habido de muchas que allí se habían retirado, y cuando no hubo que robar, quitaron la cabeza a la imagen que era recuerdo de España y al niño Jesús y la echaron al campo entre las peñas». Cuando se refiere al vestuario robado, se trata de las ropas y enseres de las gibraltareñas que allí habían buscado refugio durante el ataque de las fuerzas enemigas.

    Realmente la situación fue muy dura para los pocos religiosos que permanecieron en la plaza. En el caso del fraile Francisco Balbuena, tras producirse la ocupación, se hallaba en el convento de San Francisco junto a un par de compañeros. Dicho establecimiento religioso fue respetado al principio, pero cuando llegaron los refuerzos en diciembre, las tropas se acuartelaron con los religiosos de la orden, sometiéndolos a continuas incomodidades. 

    Sin embargo, no fue hasta julio de 1705, en que dichas fuerzas fueron relevadas por las mandadas por el coronel Elliott, cuando  comenzaron las más duras penalidades para los franciscanos. La llegada del gobernador Stamwix, en 1711, empeoró aún más las cosas. Balbuena fue humillado y desterrado, al igual que el resto de sus compañeros. La iglesia de San Francisco se convirtió en la protestante de King´s Chapel. El convento pasó  a ser la sede del gobernador británico. 

    Estos sucesos fueron estudiados por el prestigioso historiador gibraltareño Tito Benady, quien reprodujo un inventario de San Francisco, y que fue preparado por los frailes, cuando los ingleses se apropiaron de la iglesia en 1713. Entre las imágenes existentes, aparecían las del Nazareno, San Juan Evangelista, Cristo Yacente, Virgen de la Soledad, San Antonio y una que puede identificarse como la Dolorosa. Todas ellas actualmente en San Roque

    El resto de conventos corrieron idéntica suerte. El de Santa Clara fue transformado en barracón para el alojamiento de tropas. Las 65 religiosas que allí se hallaban salieron hacia los bosques de la Almoraima y luego fueron distribuidas en distintos conventos. El de San Juan de Dios, en tienda y almacén, y el de Mercedarios, en residencia para los almirantes. Quedaron en la plaza tres mercedarios, pues el resto fue a parar al convento de Ronda.  La única iglesia que quedó abierta fue la parroquial o mayor, bajo la advocación de Santa María la Coronada, levantada sobre la antigua mezquita. El templo a cargo del citado Romero de Figueroa.

    El clero quedó reducido a un vicario cura, un coadjutor y el colector. Un franciscano celebraba culto irregularmente en la ermita de la Vera Cruz, donde habían sido trasladados algunas imágenes y objetos procedentes del convento de San Francisco.

    Las dificultades para la práctica del catolicismo fueron muchas en los años posteriores, teniendo en cuenta el enfrentamiento abierto entre los dos reinos. Sin respetar el Tratado de Utrecht, los gobernadores británicos no aceptaron la jurisdicción del Obispado de Cádiz, y destinaron a la plaza a sacerdotes católicos procedentes del territorio español de Menorca, ocupado también por los ingleses. Estos sacerdotes no eran del agrado de la autoridad eclesiástica gaditana.

    Durante la visita autorizada del obispo de Cádiz, Armengual Mota, en el informe elaborado tras la misma, se detalla el trato que recibía el grupo de católicos allí residentes: «no tienen los católicos empleo alguno en lo político, sólo se conserva a D. Pedro Robles un género de superioridad a los otros para que, en los casos que se mande hacer alguna faena a los católicos los convoque, haciéndole a él el primero de ella, y con gran frecuencia les mandan quitar la basura de la ciudad, y si ocurre alguna pendencia o disgusto entre católicos, el Gobernador los manda prender y castigar». Explica el papel de mediador de Robles, y su labor de organizar a los católicos cuando trataban  de vender sus frutas y verduras a la plaza, porque «los ingleses obran sin regla».

    En dicho relato lamenta el deplorable estado las propiedades de la Iglesia y la de los propios católicos: «las Capellanías y Memorias fundadas en dicha Iglesia se hallan todas extintas porque siendo sus hipotecas las casas que había en dicha ciudad, las cuales o están destruidas o se las han apropiado los ingleses con tal dominio que, o las habitan o arriendan con tal despotiquez, que así a los católicos que allí quedaron no les han dejado el uso de las suyas propias».

    La crisis persistió durante largo tiempo hasta la búsqueda de una solución definitiva por la Santa Sede, que, en 1806, nombró a un vicario apostólico sin dependencia jurisdiccional del prelado gaditano.