Sábado, 16 de Febrero de 2019

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    Salvar de las galeras al último gitano gibraltareño

  • “Gitanos y gitanas a la vuelta de una fiesta en Andalucía” (1853). Obra de Alfred Dehodencq
    Antonio Pérez Girón

    Entre la primera pragmática dictada en 1499 y la última de 1783, se promulgaron 250 medidas legales contra el pueblo gitano. En los campos de refugiados de San Roque no debieron ser muchos los egipcianos, como también se denominaba a los miembros de esta etnia, pues tras una ardua investigación tan sólo encontré a una familia. Los primeros gitanos gibraltareños de los que tenemos noticias, y que hasta ahora ningún investigador había facilitado dato alguno, lograron eludir las medidas represivas reales gracias a la solidaridad de sus vecinos. Un dato destacable dada la consideración que sobre este grupo étnico se tenía en la mayor parte de Europa.

    Despachos reales llegaron hasta el Gibraltar en el exilio llamando a la aplicación de las leyes represivas contra la comunidad (se mencionaban mandatos de 1635 y de 1705), que podrían conducir a los afectados al castigo de galeras, entre otras medidas.

    Y he aquí que encontramos a nuestro primer gitano gibraltareño declarando ante el regidor perpetuo y teniente corregidor Esteban Gil de Quiñones. Puede imaginarse la situación de miedo y nerviosismo de Juan de Escalona, de 46 años, respondiendo a las preguntas del escribano Francisco Martínez de la Portela. Era el 26 de octubre de 1708 y habían pasado cuatro años desde que el honrado vecino había salido de Gibraltar tras la invasión de los ingleses.         

    A Escalona le fue mostrada una cruz y juró ante Dios que respondería con la verdad a las preguntas que se le iban a formular. En su declaración afirmó que era hijo legítimo de Juan de Escalona, natural de Gibraltar, y de Juana Ruiz, de la villa de Ubrique, y nieto de Juan de Escalona, «oriundo de las montañas» (los montañeses son los naturales de Cantabria) y Juana Ruiz, de Pontevedra.

    Continuaba afirmando que eran gitanos, «sólo por decirles gitanos», que su oficio era el de herrero, y que ya lo ejercía en el Peñón, donde se había casado con la vecina Juana Josefa de Gálvez, «y como tal vecino de ella estaba cuando se perdió y la entraron los enemigos de esta Corona, y salió de ella como los demás sus vecinos, y residió en la puebla de Manilva, de esta cercanía como otros de dichos vecinos, de adonde se redujo a este Campo, donde está ejerciendo su oficio de herrero».

    También relataba que tenía varios hijos: Magdalena, de 20 años; Juan, de 17; Juan García (podría tratarse de un hijo adoptivo), de 13; Blas, de 8; Diego, de 6, y Lorenzo, de 5. Que los educaba convenientemente y les enseñaba el oficio de herrero. Afirmaba que no tenía armas ni bagajes, tan sólo un borrico que le servía para acarrear el carbón para su oficio. 

    Escalona no pudo firmar la declaración, pues no sabía escribir, tal como se hizo constar en el documento.

    Era evidente que la familia estaba bien considerada por todos y que el corregidor tan sólo pretendía cubrir el trámite a que le obligaba la ley. Por ello puso todo su empreño en justificar la honradez del vecino.

    Pero los informes favorables no sólo los propició la autoridad, sino que los propios vecinos abogaron por una familia que había compartido el éxodo de todo un pueblo, sufriendo, y todavía en esa fecha, enormes penurias como población de refugiados, que todavía se hacía llamar Gibraltar.

    La última de las pragmáticas contra la comunidad gitana fue dictada por Carlos III en 1783 y suponía un avance integrador, después de las durísimas acciones aplicadas hasta entonces.

    Aunque contenía el reconocimiento del gitano como cualquier otro súbdito de la corona, la denominación debía ser sustituida por la de «castellano nuevo». Podían residir en cualquier lugar y las familias tenían la obligación de enviar a los niños a la escuela. Asimismo, los miembros de ese grupo social podían trabajar en cualquier oficio y se penalizaba a todo el que impidiese la integración. El pueblo gitano dejaba de ser una minoría extranjera perseguida.

    Sin embargo, por otra parte, imponía el abandono de la forma de vestir y de la vida errante, así como el uso de la propia lengua –el caló– en público. Prohibiciones que dificultaban la obtención de la igualdad con el resto de españoles. Aparte de suponer un abandono de la cultura propia.  

    En ese año ya no vivía Juan de Escalona, pero sus descendientes colaboraban en los últimos momentos del intento de rescate de Gibraltar, el conocido como el Gran Sitio. Como buenos herederos de quien había sido el último gitano gibraltareño y el primero de San Roque