Lunes, 20 de Agosto de 2018

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    Secuestro de ingleses en El Zabal

  • Una imagen actual de una de las zonas del Zabal con Gibraltar al fondo. Foto APG
    Antonio Pérez Girón

    Nada podía presagiar que aquel paseo a caballo de John Bonell y su sobrino John Antoine Bonell,  podía acabar en un prolongado secuestro. Era cierto que diferentes partidas de bandoleros, a través de sus confidentes en Gibraltar, operaban en los caminos de la comarca. Y no cabía duda de que la adinerada familia Bonell era un plato apetecible. Los dos jinetes venían de vuelta de visitar a un amigo sanroqueño, Antonio de Sola, en cuya finca, situada en sierra Carbonera, habían pasado una grata velada.  

    Ocurrió el 21 de mayo de 1870, en el todavía barrio sanroqueño de La Línea. Ambos vecinos de Gibraltar fueron capturados por un grupo de bandidos y llevados al cortijo de Sabá (El Zabal), siendo exigido un rescate de 5.000 duros para su liberación. Secuestradores y secuestrados se movieron por el término de San Roque y La Almoraima, en tanto que iba aumentando  las exigencias para la puesta en libertad, que ya se fijaba en 30.000 duros. Sin embargo, la falta de respuesta hizo que  la cantidad volviera a tener un movimiento. Ahora serían 27.000 duros. Ni un duro más y ni un duro menos, pues la paciencia de los bandidos estaba tocando a su fin. Éstos eran Francisco Martín Espejo Malaspata y Juan Morales Montero Cucarrete.

    Amparados en la noche se trasladaron al término de Jerez donde permanecieron en una casa abandonada en pleno campo. En este punto se le unieron otros dos miembros de la partida, el que parecía ser el jefe, Antonio Vázquez, y otro no identificado. Desde Jerez continuaron hasta Cádiz, disponiendo que el tío marchara a Gibraltar al objeto de obtener el dinero que permitiese rescatar al joven, que permanecería en poder de la partida.

    A pesar de los intentos de pasar desapercibido, varios vecinos de la colonia reconocieron a Bonell, quien, sin poder justificar la ausencia del sobrino, no tuvo más remedio que informar a las autoridades de todo lo ocurrido. 

    El propio gobernador británico puso a disposición del Bonell y de varios amigos que le acompañaban, una cañonera de la Royal Navy para que embarcara con destino Cádiz, portando la cantidad exigida por la banda.

    El dinero fue entregado en la fonda Los Tres Reyes con la promesa de que la liberación del joven se haría más tarde, en el término de El Puerto de Santa María. Una vez efectuada la misma, todos pudieron retornar a Gibraltar a bordo de la citada cañonera. Era el 8 de junio y habían transcurrido diecinueve días desde que se produjo el rapto.

    La Guardia Civil, conocedora de los movimientos para el pago del rescate, evitó intervenir para no poner en riesgo la vida del rehén. Al día siguiente del abono del dinero una patrulla de dicho cuerpo compuesta por los guardias Juan Dorado Gil, Juan Páez y Mateo Zarzuela recibió la orden de actuar por sorpresa, mientras los bandidos se hallaban en la Venta de Guadaira, camino ya de Sevilla. En el enfrentamiento murieron Cucarrete, Malaspatas y Antonio Vázquez, mientras que el cuarto miembro de la banda logró huir campo a través. En el intercambio de disparos resultó herido en una pierna el agente Juan Dorado, que fallecería unos días más tarde.

    La totalidad del dinero fue recuperado, mientras que el gobierno inglés socorrió a la familia del guardia muerto con 2.500 pesetas.

    De otro lado, la Guardia Civil había detenido en Benaoján, en 1853, a Juan Herrera El Chaval, que estaba reclamado por el juzgado de San Roque por un homicidio perpetrado aquel mismo año, y que había conseguido dar varios golpes en la comarca.

    Para finalizar, aludir a uno de aquellos hechos que vienen a relacionar el contrabando y el bandolerismo. En 1898, en terrenos de la Alcaidesa, lindantes a Marajambú y Mojones Blancos, se produjo un encuentro a tiros entre carabineros y contrabandistas. Uno de éstos, el Pater resultó muerto de un disparo en la ingle. El cadáver fue llevado a San Roque, permaneciendo largo rato en uno de los bancos de piedra de la finca Cortijillo, antes de recibir sepultura.

    Entre los que lograron huir se hallaba el Vivillo, que a caballo pudo salvar la carga. Posteriormente, el atrevido superviviente formó su propia partida de bandoleros. Detenido y condenado, cuando salió de la cárcel estuvo en San Roque vendiendo su historia. Después fue picador de toros, muriendo más tarde en Argentina.