Jueves, 21 de Febrero de 2019

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    Torrijos desembarca desde Gibraltar pese a la persecución de las autoridades británicas

  • "El fusilamiento de Torrijos", de Antonio Gisbert. Museo del Prado. Madrid
    Antonio Pérez Girón

    Muchos de los liberales emigrados de España como consecuencia de las persecuciones, se sintieron enardecidos y exasperados con el triunfo de la revolución en Francia en julio de 1830. Se formaron juntas revolucionarias, una de ellas en Londres, siendo uno de sus jefes el general José María Torrijos. Enviado por la Junta, Torrijos, que gozaba de un amplio historial en defensa de las libertades, llegó a Gibraltar en septiembre del mencionado año.

               

    No lo tuvo fácil en el Peñón y hubo de ocultarse en las embarcaciones del puerto. Las aguas de la bahía se habían convertido en refugio para liberales temerosos de represalias, y que vivían permanentemente hostigados por los británicos.

     

    Como testimonio de la concentración de estas embarcaciones-refugios, hay que referirse al suceso acaecido unos años antes, en diciembre de 1825, cuando un fuerte temporal causó enormes destrozos en estas «residencias flotantes». Un buen número de barcos, algunos de gran tonelaje, acabaron encallados y aplastados unos contra otros en la zona denominada «neutral».

     

    El suceso creó gran fricción entre las autoridades españolas y británicas, prometiendo estas últimas que no permitirían acción alguna desde Gibraltar. Del mismo modo, se procedió a la detención de cierto número de revolucionarios.

     

    Torrijos se había convertido en un personaje incómodo para las autoridades británicas del Peñón, que trataban de localizarlo entre los pontones y embarcaciones de la bahía.

     

    Ansioso por llevar a cabo la implantación en España del régimen liberal, el militar organizó una acción en noviembre de 1830. Varios intentos de desembarco en las playas de San Roque tuvieron lugar ese día, siendo impedidos por las fuerzas realistas desplegadas en torno a la costa.

     

    Tras estos primeros tanteos, Torrijos consiguió alcanzar la playa en la noche del 29 de enero de 1831. Los constitucionales avanzaron hasta el llamado arroyo Cachón de Jimena, en el término sanroqueño, pero se vieron obligados a retornar a Gibraltar tras comprobar la llegada de fuerzas enviadas desde San Roque.

     

    En el Peñón les esperaban los soldados ingleses que procedieron a desarmar a la mayor parte de los liberales reembarcados. Las autoridades dieron orden de que nadie saliese del Peñón, después de conferenciar con las españolas.

     

    Torrijos continuaba oculto en uno de los barcos, aumentando la incomodidad de los responsables de la colonia. También su situación era insostenible, pues se había visto obligado a cambiar de refugio, teniendo problemas para comunicarse con sus hombres. No esperó más y decidió un nuevo desembarco, esta vez en las costas malagueñas.

     

    En noviembre arribó Torrijos a Fuengirola, pero a la altura de Alhaurín de la Torre, víctima de una traición, fue apresado junto a sus 52 acompañantes. El valiente general fue trasladado a Málaga, donde sería fusilado. De este modo, Torrijos corría la misma suerte que su compañero el general Manzanares, que había perdido la vida en Sierra Bermeja.

     

    Al igual que su correligionario, Manzanares había partido desde su refugio gibraltareño. Con apoyos del famoso bandolero José María El Tempranillo, al mando de 150 hombres, había conseguido desembarcar en las proximidades de Los Barrios, donde se le unieron liberales de los pueblos de la comarca.

     

    Para evitar estas acciones, el corregidor de San Roque Julián Ortega creó un servicio de espionaje en Gibraltar, contando con un eficaz confidente y actuando en estrecha colaboración con el gobernador británico y el cónsul de España. Las informaciones pasaban a la Comandancia General del Campo, que se encargaba de actuar contra las tentativas de los liberales.

     

    Las medidas del corregidor Julián Ortega dieron sus frutos con la detención de varios liberales, entre ellos un desertor del ejército gubernamental.

     

    Era evidente que la red de espionaje funcionaba a la perfección. Los liberales relegados a las aguas de la bahía, pasaron enormes dificultades, desde las climáticas y de abastecimiento de víveres, hasta las durísimas de la persecución política.