Miércoles, 21 de Agosto de 2019
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La lucha por reconstituir la ciudad de Gibraltar en el exilio (y III)

  • Obras actuales en la conocida finca Varela, en San Roque
    Obras actuales en la conocida finca Varela, en San Roque
    Historia

    Resistir era el lema y, la organización, pieza fundamental para ello. El pueblo gibraltareño abría una nueva página con la esperanza del retorno. Estaba decidido el lugar: el pago de San Roque con su ermita erguida entre viñedos. Guillermo Hillson había jugado fuerte para que fuese allí, desde donde se divisaba el Gibraltar perdido, y donde ejercía sus funciones pastorales fray Pedro de Andrade, religioso de Nuestra Señora de la Merced, que había pertenecido al convento que dicha orden tenía en el Peñón. A pie del pequeño templo, constituido en guarda del mismo, el comerciante y ferviente cofrade Diego Ponce había desplegado toda su influencia uniendo fuerzas a Hillson. Como señala Manuel Correro García, «la pérdida de Gibraltar convirtió los alrededores de la ermita de San Roque en el centro neurálgico y político de la zona». 

     

    En esos primeros años continuaron las tensiones políticas en la comunidad de refugiados. En terrenos de Albalate, propiedad del regidor Trexo Altamirano, se había ido conformando una población que alcanzaba los sesenta hogares. Hillson, con la intención de atraer a esas familias al sitio elegido, construyó su casa junto a la ermita y mandó levantar otras tres. Al mismo tiempo comenzó a prestar ayuda a las familias de Albalate y otros puntos. Su iniciativa fue secundada por propietarios de huertas, que mostrando gran solidaridad, dispusieron el reparto de productos del campo. 

     

    Hillson logró convencer a Altamirano y crear un círculo político ligado a su familia, compuesto por sus dos yernos: Anastasio Yoldi Mendioca, antiguo regidor, casado con su hija Anastasia, y  Juan Andrés de Tasara, marido de su hija Josefa. 

     

    El que había sido acaudalado comerciante gibraltareño sabía perfectamente del sufrimiento de los refugiados, pues él y su familia habían pasado por las más difíciles circunstancias. En este sentido, el expediente de hidalguía referido a su persona es concluyente. No sólo participó en el último Cabildo celebrado en el Peñón, sino que fue, junto a su mujer Juana Quintanilla Ayllón, de los primeros que abandonó la plaza, «a cuya capitulación concurrió como uno de los caballeros Nobles para acordar con el señor gobernador interino que había y con los señores de aquel ilustre Ayuntamiento, clero y demás personas de su posición; y que al siguiente día de dicha capitulación se salió en compañía de su citada esposa, los cuales vinieron a parar y a refugiarse en una hacienda de viña y arboleda que tienen con su casa de teja, conocida como Cartagena, inmediato al cortijo que nombran del Rocadillo y en donde han pasado las mayores incomodidades por los asaltos que le han dado los enemigos para saquearlos».   

     

    Hillson tuvo que adaptarse a la nueva situación, estableciéndose como abastecedor de carne, actividad con la que tuvo algunos roces con el Cabildo exiliado.



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    Por su parte, Bartolomé Luis Varela, elevado oficialmente al cargo de corregidor en 1713 –aunque venía ejerciendo desde últimos del año anterior–, continuaba apostando por situar la población en el territorio de «las Algeciras». La oportunidad se produjo al firmarse en ese mismo año el Tratado de Utrecht. Varela logró convencer a los miembros del Cabildo, entre los que figuraban tres capitanes, para que acordase en una reunión celebrada el 5 de febrero de 1714, solicitar de Felipe V que tras la cesión «de la plaza de Gibraltar, su puerto y fortificación», y perdida la esperanza de recuperación de la misma, «el hacer una nueva Población en este término, en el paraje más cómodo», y que ello fuese en «el sitio de las Algeciras, en el mismo paraje que antiguamente había población».

     

    Aquella iniciativa de desplazar el centro poblacional no tuvo acogida y cuando Algeciras fue repoblada pasó a depender de San Roque, del que logró independizarse en 1755. 

     

    Una de las últimas acciones de Varela como corregidor fue dar cuenta al Cabildo del enfrentamiento producido con la autoridad militar del Campo, al negar el abastecimiento de aceite y leña al cuartel, lo que había motivado la detención de los regidores Rodrigo Quiñones y Alonso Monroy. Desde el Ayuntamiento se recordaba que el municipio estaba exhausto de medios tras la destrucción de la bellota por la plaga de la oruga y que, en todo caso, haciendo valer sus privilegios reales por su origen gibraltareño, no rendía cuentas al estamento militar, cuyo teniente coronel, Andrés Pérez había ordenado las detenciones. El Cabildo mostró su indignación y puso de manifiesto que la ciudad sólo acataba lo mandado por el Consejo y Cámara de Castilla, poniendo en conocimiento del rey los procedimientos violentos del militar. No le faltaban argumentos  y hasta dosis de orgullo a quienes lo habían dejado todo en el Peñón y trataban de mantenerse en medio de numerosas adversidades. Y buen ejemplo de esas necesidades es que al propio Varela se le debían más de tres mil reales de su último año de corregidor, por lo que se dispuso que se le abonara con el producto de la bellota de la dehesa del Algarrobo.

     

    Varela falleció en 1718. En su testamento dictado algunos años antes había manifestado su deseo de ser enterrado en Algeciras.

     

    Cuando en 1716 llegó el nuevo corregidor real, el capitán de granaderos Bernardo Díez de la Isla -como aporta el cronista Adolfo Muñoz -, refrendó sin titubeos el lugar que se había elegido para continuar la ciudad, que no era otro que «este sitio de San Roque donde congregando y aumentando el pueblo, donde radicó su domicilio y lo han hecho así los Corregidores todos y los Comandantes».




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