Viernes, 28 de Enero de 2022
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Centenario del nacimiento del psiquiatra Carlos Castilla del Pino

  • Memoria sanroqueña de un científico de prestigio

    Castilla del Pino en una intervención en el Curso de Verano de San Roque
    Castilla del Pino en una intervención en el Curso de Verano de San Roque
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    En el presente año se cumplirá el centenario del nacimiento del psiquiatra y escritor sanroqueño Carlos Castilla del Pino, fallecido en mayo de 2009. Referente internacional en su especialidad, autor de una vasta obra científica, novelista y miembro de la Real Academia Española, desde pequeño sintió una clara inclinación por la medicina.

    Las frecuentes visitas del médico Augusto Alcaide, que atendía a su padre, Pedro Castilla Delgado de una enfermedad crónica, influyeron en ello.  En el primer tomo de sus memorias (Pretérito imperfecto) recogía: “me encantaba verle subirse las gafas hasta la frente, donde quedaban sujetas, mientras auscultaba a mi padre y extendía luego la receta con una pluma estilográfica de la que desenroscaba el capuchón”.

    El que fuera declarado Hijo Predilecto de Andalucía -como lo fue también de su ciudad natal- vino al mundo en la casa número 18 de la calle Colón, siendo registrado con el nombre de Carlos María Pedro Francisco Castilla del Pino. Su madre, Emilia del Pino fue atendida por la partera Margarita, una panadera de la calle Correos.

    El alumbramiento tuvo lugar el 15 de octubre de 1922, domingo, a las doce de la mañana: “Un municipal estaba en la puerta de nuestra casa. Porque mi padre, del Partido Liberal Agrario de don Santiago Alaba, era por entonces alcalde de San Roque y tenía previsto que el municipal saliera pitando a buscar al médico si Margarita lo estimaba conveniente a la menor dificultad”.

    La memoria sanroqueña del psiquiatra es amplia y llena de detalles. Parte de ella, hasta 1933, se desarrolla en ese domicilio, en cuya fachada, una obra del escultor Luis Quintero recuerda que allí vio la primera luz el insigne vecino. Luego la casa familiar sería la de la actual Plaza de Andalucía.

    Perteneciente a una familia bien situada -su padre fue el empresario que realizó el primer abastecimiento directo de agua a la ciudad-, en sus escritos reconoce las enormes diferencias sociales existentes en su niñez, diferencias que rechazó desde el primer momento que tuvo conciencia de ello.





    Un encuentro fue trascendental para la formación del joven Castilla del Pino, y lo sería “en todos los órdenes de mi existencia”. Federico Ruiz Castilla, vivía solo en la calle San Felipe: “según mis cálculos -relata el escritor- tenía entonces sesenta y un años, pasaba, con razón por ser la persona más culta de San Roque. Leía sin cesar, compraba más libros que nadie (seguramente era el único que compraba libros en San Roque), no era hombre de casino y mantenía la suficiente distancia de la alta sociedad sanroqueña como para ser respetado en su autonomía”.

    El primer libro que el culto vecino dejó al inquieto joven fue Recuerdos de mi vida, de Ramón y Cajal, su admirado científico. Una imborrable amistad creció entre Ruiz Castilla y el muchacho.

    Siendo un chaval tuvo que vivir los horrores de la guerra civil. Varios familiares suyos fueron asesinados en julio de 1936 por milicianos de la FAI y, del mismo modo, fue testigo de los efectos de la terrible represión desplegada por las fuerzas rebeldes.

    Un capítulo que habría de marcar su vida y, ya en los años de ausencia de San Roque, comprometerse con la lucha antifranquista. En la segunda parte de sus memorias (Casa del Olivo), escribiría: “Mi acercamiento al PCE estaba motivado por dos cosas: la primera porque de todos los grupos de oposición al régimen, muy escasos por lo demás, era el mejor organizado y el mostraba más coherencia y entrega; la segunda, porque confiaba en que sabría adaptarse a las formas democráticas occidentales, al modo como había ocurrido en Italia”.

    Entre las acciones de su época clandestina, el académico recordaba cuando se hizo cargo de un paquete con cincuenta mil pesetas, enviadas por el comité central del partido en Francia. “Las escondí entre los libros. Debía repartirlas entre los familiares de los jornaleros que continuaban en prisión tras la huelga de 1962, que logró tal seguimiento, sobre todo en Puente Genil”, relataba.

    Asiduo de su ciudad natal, tuvo la satisfacción de que su nombramiento como doctor honoris causa por la Universidad de Cádiz, en agosto de 2004, se llevará a cabo en San Roque. Tras dar las gracias por su nombramiento, en su discurso, quiso añadir un motivo “más de profunda gratitud”, que, añadía, “con un rasgo de sensibilidad inusitado, el claustro tomó la decisión de llevar a cabo esta ceremonia en la ciudad en la que nací hace ya prácticamente 82 años. Al honor que se me brinda se une la emoción del lugar en que acontece”.




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